La renuncia a pensar: la ignorancia elegida
Curioso que estemos en una sociedad donde tenemos decenas de herramientas para pensar, reflexionar, interrelacionar, estudiar escenarios y riesgos, para actuar con previsión, para establecer planes de viabilidad y de contingencia, y no se haga.
Y no es el caso de ciudadanos en general, tambien de directivos, gerentes, etc , incluso los politicos acostumbran a ocultar la realidad, cuando muestran preocupación de forma publica por un tema ya suele ser tarde
Cada dia saltan nuevas alarmas, cada dia se acumulan mas riesgos, por esto me extraña que muchos expertos no hablen más de temas sistémicos más preocupantes.
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Texto para el dialogo
LA RENUNCIA A PENSAR La ignorancia elegida. Pensar no siempre significó opinar. Mucho menos reaccionar. La palabra proviene del latín —pensāre—, y antes de habitar la mente habitó la balanza: “pesar”, medir, sopesar. Pensar era detenerse, comparar, evaluar el peso real de las cosas. No era un impulso, sino un acto deliberado. No consistía en elegir lo que más ruido hacía, sino lo que más consistencia tenía. De esa acción física —la de poner ideas en un platillo y argumentos en el otro— nació la actividad intelectual de juzgar, razonar y crear sentido. Pensar, en su origen, no era gritar más fuerte, sino elegir lo que resistía el peso de la razón.
En la actualidad, pensar se ha vuelto un acto incómodo. No peligroso —aún—, pero sí incómodo. Incómodo como decir una verdad que no calza, como hacer una pregunta cuando todos esperan un aplauso, como introducir una duda en una sala llena de certezas prefabricadas. Vivimos en una época que no castiga la ignorancia, sino algo mucho más perturbador: el intento honesto de comprender. No hablo de la ignorancia clásica, esa que nace de la falta de acceso o de formación. Esa siempre ha existido y, en cierto modo, podría ser excusable. Hablo de una ignorancia nueva, más sofisticada y orgullosa: la ignorancia elegida, la renuncia voluntaria a pensar. No porque no se pueda, sino porque pensar exige esfuerzo, y el esfuerzo hoy parece una forma de descortesía social. Hemos cambiado el razonamiento por la consigna, el argumento por el eslogan, la reflexión por el gesto airado. Ya no importa entender, importa adherir. No importa saber, importa pertenecer. La verdad, esa vieja señora incómoda, fue desplazada por algo mucho más funcional: la narrativa útil. Si sirve a los míos, es cierta; si incomoda a los otros, es falsa. Así de simple. Así de brutal. La ironía es que nunca tuvimos tanto acceso a información, y nunca pensamos tan poco. Navegamos océanos de datos con la profundidad de un charco. Opinamos antes de leer, juzgamos antes de escuchar, condenamos antes de comprender. Y lo hacemos con una convicción admirable, casi heroica. Dudar, en cambio, se ve como debilidad. Matizar es sospechoso. Pensar demasiado es, francamente, una pérdida de tiempo. Las redes sociales han hecho de esta renuncia un espectáculo. Allí, la indignación se premia, la furia se viraliza y la complejidad se castiga. El que grita más fuerte parece tener razón. El que se detiene a pensar es acusado de tibio, de traidor o, peor aún, de inteligente. Porque pensar no solo incomoda: desordena. Y el desorden intelectual es imperdonable en tiempos de trincheras morales. Pero seamos justos. Detrás de esta renuncia no hay solo pereza; hay miedo. Miedo a quedar fuera, a no ser parte, a sostener una idea sin el respaldo inmediato del coro digital. Pensar en soledad exige coraje. Exige aceptar que uno puede estar equivocado. Y eso, en una cultura obsesionada con ganar discusiones, es casi un acto de suicidio simbólico. Lo trágico es que las sociedades no se desmoronan primero por la mentira. Se desmoronan antes, cuando pierden el deseo de verdad. Cuando ya no quieren entender, solo confirmar. Cuando dejan de preguntar porque la respuesta podría incomodarles. Cuando pensar deja de ser una virtud y pasa a ser una rareza. Tal vez el verdadero acto subversivo de nuestro tiempo no sea protestar ni denunciar, sino algo mucho más sencillo y radical: detenerse, leer, escuchar y pensar. Pensar de verdad. Aunque duela. Aunque incomode. Aunque no sume likes. Porque el día en que pensar deje de ser incómodo, probablemente ya será demasiado tarde.
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