Libre albedrío: la ilusión necesaria

 

Libre albedrío: la ilusión necesaria

Conversación a partir de la tesis de Saul Smilansky

Escena
Tren nocturno. Vagón casi vacío. La carta del restaurante del tren sobre la mesa: schnitzel o espaguetis. La elección parece trivial… y, sin embargo, abre un abismo.

El Joven

—Si elijo schnitzel porque quiero schnitzel, sin presión, pensando un poco… eso es libertad, ¿no?


El Analista

—Eso es exactamente lo que Smilansky llama libre albedrío compatibilista.
Real, cotidiano, suficiente para vivir.

—Eres libre si actúas sin coacción, con capacidad de responder a razones.


El Veterano (asiente)

—Si no fuera así, no podríamos distinguir a un adolescente pesado de un bebé.

Media sonrisa.

—Y sin esa distinción, la vida social se hunde.


El primer nivel: libertad suficiente

La Observadora

—Entonces Smilansky no niega el libre albedrío.


El Analista

—En absoluto.
Negarlo sería, según él, moralmente devastador.

—Ese libre albedrío “superficial” justifica elogios, reproches moderados, premios, castigos razonables.
Sin él no hay autoestima, ni responsabilidad, ni convivencia.


El Joven

—Hasta ahí suena bastante tranquilo.


El Veterano

—Espera.


El giro trágico

El Analista

—El problema aparece cuando miras más hondo.
Ese libre albedrío no alcanza el estándar que nuestra intuición moral profunda exige.

—Queremos algo más fuerte:ser causa última de nosotros mismos, haber podido actuar distinto en idénticas circunstancias, no ser simplemente el resultado de genes, educación, azar.


La Observadora

—Y eso… no existe.


El Analista

—Exacto.
Desde la perspectiva última, todos somos productos de una causalidad que no elegimos.


El Joven (inquieto)

—Entonces cuando castigamos a alguien…


El Analista

—…lo castigamos por ser quien la causalidad lo hizo ser.

Silencio breve.


La injusticia profunda

El Veterano (sin ironía)

—Ahí está lo incómodo.

—El castigo puede ser necesario,
pero no es últimamente justo.


La Observadora

—Una especie de injusticia estructural que aceptamos para que el mundo funcione.


El Analista

—Eso es el pesimismo trágico de Smilansky.

—No dice: “abolamos la responsabilidad”.
Dice: “sepamos que está moralmente manchada”.


Vivir con la paradoja

El Joven

—Entonces estamos atrapados.


El Analista

—En una paradoja inevitable:

  1. Tenemos que vivir como si el libre albedrío compatibilista fuera suficiente.
    Porque lo es para la vida humana.

  2. Pero sabemos que no lo es del todo.
    Y ese resto genera una incomodidad moral que no se puede borrar.


El Veterano

—No es cinismo.
Es lucidez dolorosa.


Ni optimismo ni demolición

La Observadora

—Eso lo separa de los compatibilistas optimistas…


El Analista

—…que creen que todo está resuelto.

—Y también de los negacionistas radicales, que quieren destruir la noción de responsabilidad.


El Joven

—Smilansky no ofrece consuelo.


El Veterano

—Ofrece algo más raro:
una ética adulta.


Cierre

El camarero espera. El Joven señala el schnitzel.

El Joven entiende que su elección es libre… pero no absoluta.
La Observadora percibe que la moral funciona sobre una grieta.
El Analista ve la coherencia trágica del sistema.
El Veterano concluye en voz baja:

Somos lo bastante libres para vivir juntos,
pero no lo bastante libres para ser inocentes del todo.

El tren sigue.
La elección se sirve.
La paradoja permanece.

Y quizá esa incomodidad —no la certeza— sea el precio inevitable de tomarnos en serio
como agentes morales y como productos del mundo

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Saul Smilansky defiende aquí su posición sobre el free will que es bastante peculiar y algo incómoda. Se llama "compatibilismo parcial + pesimismo trágico" (o "dualismo del libre albedrío”).

En primer lugar, sí existe un libre albedrío real, pero es de tipo compatibilista y bastante limitado. Es el control cotidiano que todos reconocemos: si quieres schnitzel en vez de espaguetis y lo eliges libremente (sin compulsiones, con capacidad de reflexionar y responder a razones), eres libre en un sentido importante. Este nivel de libertad es real, valioso y suficiente para justificar elogios, culpas moderadas, premios, castigos razonables y la vida moral ordinaria. Smilansky insiste en que negar esta libertad sería absurdo y destructivo (ejemplo clásico: un adolescente de 17 años que molesta a sus padres sería responsable mientras que un bebé no lo sería). Este libre albedrío "superficial" existe y importa muchísimo. Sin embargo -y aquí vendría el giro trágico-, este libre albedrío no alcanza el estándar profundo que la intuición moral común y la justicia retributiva exigen. La gente quiere (y cree necesitar) un libre albedrío mucho más fuerte, uno que permita ser "causa última" de uno mismo, poder haber hecho otra cosa en idénticas circunstancias internas y externas (libertarismo), o al menos auto-crearse en aspectos cruciales. Ese nivel no existe (y probablemente es incoherente). Desde la "perspectiva última", todos estamos atrapados en una causalidad (o suerte) que no controlamos, somos productos de factores previos que no elegimos. Por tanto, aunque castiguemos a alguien que "merece" el castigo según criterios compatibilistas, en el fondo lo estamos castigando por ser quien la causalidad lo hizo ser. Esto genera una injusticia última y una profunda superficialidad moral. En resumen hay dos ideas clave en conflicto (la paradoja trágica de Smilansky): 1.Tenemos que vivir como si el libre albedrío compatibilista fuera suficiente (porque lo es para la convivencia, la autoestima y la sociedad). 2.Pero sabemos que no lo es del todo. En el fondo hay una trampa, una ilusión de control último que hace que la responsabilidad moral profunda sea problemática y que el castigo retributivo fuerte tenga un lado profundamente injusto. Es una visión ni optimista (como los compatibilistas puros), ni destructiva (como los negacionistas radicales), sino trágica: debemos actuar con la ilusión útil, pero sabiendo que hay algo fundamentalmente roto debajo.

https://x.com/pitiklinov/status/2009184707800408317

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